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“The television, that insidious beast, that Medusa which freezes a billion people to stone every night, staring fixedly, that Siren which called and sang and promised so much and gave, after all, so little”. –Ray Bradbury
Diversos estudios parecen confirmar que existe una relación entre el tiempo pasado viendo televisión y algunos efectos nocivos para la salud. La depresión, la obesidad, la falta de comunicación, la propensión al asma, el déficit de atención en los niños y la pérdida de interés en los juegos, podrían ser provocadas por la sobreexposición a la televisión.(Links a estudios sobre estas afecciones al final del artículo).
Un estudio realizado por Dimitri Christakis en el que se examinó la base de datos del National Longitudinal Survey of Youth, encontró que, en promedio, un niño que había visto dos horas de televisión al día antes de la edad de tres años tenía un 20% más de posibilidades de tener problemas de atención, en comparación a aquellos que no habían visto nada o casi nada de televisión.
Investigadores de la Universidad de Pittsburgh y la Escuela Médica de Harvard realizaron un estudio sobre los hábitos de consumo de medios en 4,142 adolescentes sanos, y calcularon que cada hora adicional de TV vista al día aumenta la probabilidad de deprimirse un 8%. Jugar juegos de video o computadora o ver videos por Internet no tuvieron estos efectos.
Analizando los hábitos de consumo a lo largo de los años de una serie de sujetos experimentales, el mismo estudio notó que de aquellos adolescentes que veían más televisión en 1995, muchos en el 2002 podían ser considerados como“depresivos”.
Y sin embargo, aunque la evidencia empieza a apilarse, la bola de nieve no acaba de rodar, probablemente por el papel preponderante que la “caja negra” tiene en nuestras vidas y en nuestro paradigma socioeconómico. Varios científicos, como Dimitri Christakis de la Universidad de Washington en Seattle, alertan que sus resultados son muchas veces dejados a un lado o vistos con reticencia, tanto por buena parte de la comunidad científica, como por los padres de familia y sobre todo por las grandes empresas, particularmente los medios de comunicación.
Algunas explicaciones podrían tener que ver con que los padres no quiere escuchar que es malo poner a sus hijos frente a la televisión, ya que esto les obliga a incluirlos (e incomodarles) en actividades que van desde aspirar la casa, a la socialización entre adultos. La televisión es la más fácil mamá substituta.
En el caso de los científicos, muchos de los estudios son cuestionados debido a la supuesta dificultad de medir factores cualitativos y sociológicos de una forma científicamente contundente. Por ejemplo, ¿las personas que ven mucha televisión son ya de suyo depresivas, o es la televisión la que provoca o al menos aumenta la depresión?
Y en el caso de la difusión de este mensaje por los medios de comunicación y la aceptación de su validez, es evidente que no sucede, puesto que va en contra de sus intereses, y sería una especie de autoatentado corporativo. Es como esperar que las marcas de tabaco publicaran las advertencias de salud, sin ser obligadas por el gobierno. Pero el caso es más delicado, puesto que la televisión –producida por gigantescos conglomerados que se entrelazan- es en buena medida el medio que sostiene el pegamento social y permite la existencia de las demás compañías y el sistema que las protege. Un mundo sin publicidad y sutil propaganda eléctrica, sin la difusión del status quo y el deseo aspiracional, sin la fabricación del deseo de ser como el otro y tener lo que tiene el otro (lo que sale en la televisión), y la necesidad de consumir lo nuevo, sería inimaginable, y significaría un colapso vertiginoso del sistema económico mundial.
Otros argumentan, también con razón, que ver televisión y escoger lo que se ve es parte de un derecho inalienable de libertad humana (el 1st amendment en Estados Unidos). Sin embargo, al conocer estos datos, al menos podríamos modificar y regular la forma en la que consumimos los rayos catódicos del televisor. Y seguramente no obligaríamos, al menos, a nuestros hijos a ver televisión, cuando quizá ni siquiera ellos quieran, o no fomentaríamos su adicción.
Algunos científicos comparan la investigación de los posibles daños de la televisión con los estudios sobre los daños del tabaco en su primera época, luchando contra grandes compañías por hacer consciente a la gente de sus resultados.
“Creo que tenemos suficientes datos para justificar etiquetas de advertencia”, dice el pediatra de la Universidad de Pittsburg, Brian Primack, sobre los efectos de la televisión.
Lo cierto es que cada sociedad, como escoge a sus políticos, escoge sus drogas, y la televisión es una de nuestra favoritas, sacralizada por su electroconfort, como un viejo amigo en el que siempre se puede confiar. ¿Y cómo decirle a millones de personas que tal vez esa droga perfecta a la que nos hemos vuelto dulcemente adictos también tiene efectos sustancialmente noscivos (físicos) sobre nuestra salud… qué voluntad se puede usar para querer despertar de un sueño de opio electrónico?